Alan, el Campeón — Capítulo 9 — La Pantera

Enfrentar a ese chico nunca fue solo cuestión de honor. Alan descubre por qué.

Antes de ser Rey, fue carne de cañón, preso y asesino. A los trece, mandaba en adultos.

Enfrentar a ese mocoso nunca fue solo cuestión de honor.

Lo necesitaba fuera de mi camino, como fuera, lo más rápido posible. Si se arreglaba con una cachetada, mejor. Si hacía falta más, también estaba bien. Así empezó mi primera pelea con el indiecito.

La primera de muchas.


Lo primero que noté fue que se puso en guardia.

Los pies en el lugar correcto, las manos a la altura correcta, el peso repartido. Alguien le había enseñado eso, o lo había copiado de alguien — no había forma de saberlo. Un mocoso de ese tamaño, con la mitad de mi edad, y aun así su cuerpo ya sabía algo que al mío le costó años y muchos golpes aprender.

Me le fui encima descuidado. No me lo estaba tomando en serio.

Lo pagué.

Entró rápido, y el gancho que me clavó en el estómago dejó claro que el plan de cachetada y adiós no iba a funcionar. Dolió de verdad. Si le hubiera metido más peso al golpe, girado más la cadera, usado el impulso de la pierna, tal vez ese primer puñetazo me habría hecho retroceder en serio.

Pero todavía no tenía eso. Tenía noción y no tenía experiencia. Tenía maña y no tenía técnica. Esas cosas se compran con el tiempo.

Lo que tenía era otra cosa. Una que no se compra.


Mi contragolpe pasó rozando. Lo justo para abrir el espacio mínimo para que me conectara una patada.

A partir de ahí me puse serio.

No podía perder tiempo, así que quise terminar rápido. Golpes más duros. Un codazo aquí, un rodillazo allá. Y desde el momento en que me puse serio, no me volvió a tocar ni con un dedo.

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