Alan, el Campeón — Capítulo 14 — La Ceremonia

Se volvió ritual. Cada lunes, por casi dos años, en el mismo lugar.

Antes de ser Rey, fue carne de cañón, preso y asesino. A los trece, mandaba en adultos.

Se volvió ceremonia. Duró casi dos años.

Una vez al mes, el primer lunes, esos dos subían el Cerro para que yo les diera una paliza. Y yo lo esperaba.

Déjame contarte cómo fue cambiando.


Primer mes.

Pensé que iba a ser rápido. Dos mocosos, la mitad de mi edad, sin técnica. No lo fue.

Los dos juntos eran otra cosa. Cada uno cubriendo el hueco del otro, exactamente como lo había visto en el parque, solo que ahora apuntando hacia mí. Me lo tomé en serio de principio a fin, y aun así salí de esa pelea con una marca en la barbilla que nadie me había dejado en años.

Y pasó algo que me agarró de sorpresa.

Fue divertido.

Yo siempre había peleado por un motivo. Para sobrevivir, cuando era carne de cañón. Para demostrar fuerza, cuando era guardaespaldas. Para dominar, después. La pelea siempre tuvo una función. Nunca se me pasó por la cabeza que una pelea pudiera ser solo... buena. Como es bueno un partido de fut. Con esos dos fue así desde la primera vez.

No se lo conté a nadie. No es el tipo de cosa que un dueño de barrio dice en voz alta.


Tercer mes.

El indiecito había domado a la pantera.

Ese estilo salvaje suyo, de poner las manos en el piso, se fue volviendo otra cosa — todavía bajo, todavía animal, pero con propósito. Dejó de solo querer tocarme. Empezó a elegir dónde tocarme.

El pelo verde había aprendido a leer mis señales. Sabía para qué lado iba yo por mi pie de atrás. Empezó a cantar mis golpes en voz alta antes de que los tirara, solo para sacarme de quicio, y lo peor es que le atinaba.


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