Alan, el Campeón — Capítulo 4 — El Reformatorio

Tres años encerrado en el reformatorio. Alan sale siendo otro.

Antes de ser Rey, fue carne de cañón, preso y asesino. A los trece, mandaba en adultos.

Me quedé tres años.

Todo el mundo cuenta el reformatorio como un castigo. Para mí fue la primera vez que tuve techo, comida a la hora y nada que hacer en todo el día.

No tener nada que hacer es peligroso. No tener nada que hacer te obliga a pensar.

Y pensando, ahí adentro, descubrí que mi papá estaba equivocado.


Siempre decía lo mismo. El mundo es de los más fuertes. ¿Quieres sobrevivir? Sé fuerte. Y yo le creí toda la vida, porque era el hombre más fuerte que conocía — y ya sabes cómo terminó.

En el reformatorio había un muchacho llamado Toninho. Dieciséis años, del tamaño de una puerta, manos que te cerraban alrededor de la cabeza entera. Todos bajaban la mirada cuando pasaba Toninho.

Y Toninho le obedecía a un flaquito de trece al que le decían Escrivão. Escrivão no le pegaba a nadie. No le hacía falta. Sabía quién le debía qué a quién, sabía el día de visita de cada uno, sabía qué consejero se hacía de la vista gorda por cigarros y cuál por dinero. Escrivão pensaba, y Toninho rompía lo que Escrivão señalara.

Ahí, mirando a esos dos, me cayó el veinte.

La fuerza te lleva hasta cierto punto del Cerro. Siempre hasta cierto punto. Después de eso, el que sube es el que piensa. Los brutos son las manos. Las manos nunca son dueñas de nada.


El problema es que yo era Toninho. No era Escrivão.

Crea tu cuenta gratis para leer el resto de este capítulo.

English · Português